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¿Qué pasa si Estados Unidos hoy nos “cierra la llave del gas”? Tras la pregunta, surge el mea culpa: “Soy ambientalista y siempre he estado en contra del fracking”. Luego un toque de pragmatismo: “Es un poco hipócrita resistirnos al fracking, pues el gas que consumimos e importamos ya se extrae mediante esta práctica”. Finalmente, se apela a la filosofía: “No todo es blanco o negro; no hay energías limpias, todas tienen un impacto y generan costos que hay que asumir para tener celulares, luz en nuestro hogar, en los hospitales y en las fábricas”. La conclusión suele ser: “El problema central no es el fracking, es el déficit de gas que tiene nuestro país”. Los planteamientos expuestos son respaldados por un manejo impecable de datos y gráficas que describen años, volúmenes y costos de la dependencia del gas importado.
Esta es una síntesis del ciclo argumentativo del sector progresista que está a favor del uso del fracking para alcanzar la soberanía energética y no depender del gas estadounidense. Para este análisis recurro a la simplificación de los argumentos de Ángel Balderas —ingeniero queretano, fundador de Morena y férreo opositor a la privatización de la industria energética nacional—, expuestos en entrevistas con Jesús Escobar Tovar y Ricardo Sevilla. Curiosamente, estos planteamientos coinciden con los de otras personas que siempre han estado a favor de esta técnica, lo que lleva a que los extremos se junten.
El problema sí es el fracking
A diferencia de lo expresado por este sector y por otros entusiastas que simpatizan con la propuesta de extraer gas de yacimientos complejos a través de la fractura hidráulica, los participantes el foro “Fracking en México —realizado en la Ciudad de México, el pasado 5 de mayo, en la Facultad de Economía de la UNAM— fueron contundentes al coincidir en que el problema sí es el fracking.
Investigadores, académicos, especialistas y miembros de comunidades afectadas se congregaron para hablar desde su campo de estudio y experiencia, respecto a este polémico tema. Mientras que otros espacios han centrado el debate en la fractura hidráulica como un medio para alcanzar la soberanía energética, en este encuentro el punto de partida fue la oposición al uso de esta técnica debido a sus impactos en el territorio, en las comunidades y en la soberanía misma.
Un alivio momentáneo: El rápido declive de la producción a partir de fracking
Luca Ferrari, geólogo e investigador del Instituto de Geociencias de la UNAM, se refirió, en primer lugar, al acelerado declive experimentado por la producción de hidrocarburos basada en el fracking. Con datos de la Administración de Información Energética de Estados Unidos —EIA, por sus siglas en inglés—, expuso que, tras el auge iniciado en 2008, la producción no convencional en ese país disminuyó considerablemente para 2023, por lo cual su apogeo duró apenas 15 años.
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Este rápido declive se relaciona con otro tema también abordado por Ferrari: la baja productividad de los pozos, ya que de acuerdo con este último se necesitan 100 pozos para producir el equivalente a un pozo en un yacimiento convencional. Los pozos de fracking, además, extraen el 90% de la producción total en solo tres años de funcionamiento. Para compensar esta caída se requiere una perforación masiva, y para evidenciar el impacto visual de esta Ferrari mostró un mapa del estado de Texas lleno de puntos grises, los cuales representan los 1.4 millones de pozos de fracking que existen en dicho territorio.
El gas no convencional: Una práctica extractiva intensiva del uso de recursos
Manuel Llano Vázquez, director de CartoCrítica, aportó otros datos que se relacionan con la baja productividad de esta técnica extractiva. Afirmó que de la cantidad de hidrocarburos estimada en un pozo no convencional solo recupera un máximo del 10% estimado. Este bajo porcentaje contrasta con las enormes cantidades de agua —potable la inmensa mayoría de las veces— que se utiliza y contamina para la fractura, considerando que cada pozo requiere entre 8 y 80 millones de litros.
Los pozos de fracking extraen el 90% de la producción total en solo tres años de funcionamiento
Llano destacó la laxitud de las leyes en materia de agua en México, debido a que al no existir una ley que regule su uso para el fracking todo se maneja de forma discrecional. Citó como ejemplo el caso de Pemex y la compañía Hielo Cristal en Poza Rica, Veracruz. La primera satisface sus necesidades de este líquido en la extracción de hidrocarburos por medio de dicha empresa, y esta última le factura la venta del recurso natural bajo el concepto de “cubos de hielo”.
Siguiendo con el tema del agua, la maestra en Ciencias Yolanda Pica Granados habló de la contaminación del agua de retorno que se inyecta, previamente mezclada con un fluido de distintos aditivos que optimizan la fractura de la roca. Esta agua regresa altamente contaminada, lo que dificulta y vuelve costoso su tratamiento. Una vez que pasa por un proceso de limpieza, una parte se vuelve a inyectar y otra, la que no se puede limpiar, es almacenada. Pica Granados advirtió de los riesgos que presenta esta agua ya que, con un manejo deficiente, entre otras cosas, podría contaminar los acuíferos de agua potable. Asimismo, al igual que Manuel Llano, hizo énfasis en la ausencia de normas para el manejo de estas aguas en las leyes mexicanas.
No se trata solo de pozos: Infraestructura
La ingeniera Beatriz Olivera, de la asociación civil Engenera —Energía, Género y Ambiente— e integrante de la Alianza Mexicana contra el Fracking, precisó, en primer lugar, que en México ya se extraen hidrocarburos a través de esta técnica, aunque esto se hace a pequeña escala, en aproximadamente 32 pozos.
Este bajo porcentaje contrasta con las enormes cantidades de agua —potable la inmensa mayoría de las veces— que se utiliza y contamina para la fractura, considerando que cada pozo requiere entre 8 y 80 millones de litros
Olivera afirmó que, si bien ha habido cambios en los fluidos que se mezclan con el agua y en algunos casos esto ha repercutido de forma positiva en la cantidad que se emplea, esto no ha significado una menor contaminación, por lo que la técnica sigue siendo básicamente la misma. También dejó en claro que el fracking no solo consiste en la perforación de pozos, pues para todo el proceso de extracción, procesamiento, almacenamiento y transportación del gas adicionalmente se requiere desarrollar una industria e infraestructura. La generación de ambas implica, a su vez, el gasto de tiempo y recursos con los no contamos, obligándonos —una vez más— a depender de capital y tecnología externa.
Cuando la soberanía es una ficción
En la misma línea, el economista José Romero Tellaeche, quien hasta hace poco fue director del CIDE, señaló que bajo este esquema de dependencia tecnológica y financiera en apariencia vamos a ser más soberanos energéticamente, pero en realidad seremos más dependientes y vulnerables. Al respecto afirmó: “La soberanía consiste en la capacidad material de decisión, capacidad de operar, regular, planear, sancionar, orientar y capturar los beneficios de un sector estratégico”. Y esta es una condición que estamos lejos de alcanzar dependiendo tecnológica y financieramente del exterior.
Fracking: una herramienta al servicio de Estados Unidos
Por su parte, Andrés Barreda Marín, profesor de la Facultad de Economía y coordinador durante la administración de AMLO del Pronaces (Programas Nacionales Estratégicos) Agentes Tóxicos y Procesos Contaminantes del Conahcyt (hoy SECIHTI), desde donde abordó la problemática de los infiernos ambientales y zonas de sacrificio. Es decir, de los lugares altamente contaminados por los procesos industriales y urbanos.
En el foro centró su atención en la ligereza con la que suelen considerarse en las discusiones los efectos medioambientales y sociales del fracking. Lo que comúnmente se denomina “costos” tiene en los hechos graves implicaciones para la vida. El académico afirmó: “El problema es que en México no se contabiliza la destrucción ambiental… es decir, no sabemos, como les gusta a los economistas —con ironía—, el costo en dinero que significa esta destrucción”. En un contexto donde lo que priva por encima de todo es el costo financiero, al no estar tasada la destrucción ambiental que generan los procesos productivos, esta se invisibiliza y relativiza.
Asimismo, criticó que la 4T considere al fracking como una técnica neutra, cuando en realidad este “se desarrolló como un instrumento de carácter geoeconómico y geopolítico para controlar los hidrocarburos por Estados Unidos”. En el mismo contexto, para Barreda Marín: “es una vergüenza que la 4T utilice el argumento del fracking para hablar de soberanía energética”
Finalmente, en la segunda mesa del foro los representantes de las comunidades afectadas expusieron sus testimonios, para dejar claro que el fracking sí es el problema.